Belle Époque

A finales del siglo XIX, París inició un camino sin retorno hacia la modernidad. La electricidad, los modernos medios de transporte y las nuevas formas de ocio hicieron de la capital francesa un emblema de la "época feliz" que vivió Europa antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914. 

El ambicioso plan urbanístico del barón Haussmann había modificado París radicalmente durante el segundo imperio (1852-1870), demoliendo los barrios antiguos de estrechas calles y superpoblados edificios, para sustituirlos por grandes avenidas que daban paso a la luz y favorecían la circulación de personas y vehículos. En su afán por embellecer y limpiar París, Haussmann inició la instalación de alcantarillado, el alumbrado con farolas de gas y la apertura de espacios verdes. Entre sus intenciones también estaba el evitar que se volvieran a alzar barricadas en sus callejuelas, como ocurrió en 1848. Artículo sobre el «Plan Urbanístico de Haussmann»

Uno de los efectos de estas reformas fue que las clases bajas se vieron desplazadas a las afueras, porque ya no podían permitirse los alquileres de los renovados edificios del centro. 

Estabilizada la situación tras la guerra con Prusia y la revuelta Comuna, la ciudad se sumergió de lleno en los avances tecnológicos que estaban revolucionando el mundo.

Con la Ilustración, París comenzó a ser denominada como la «Ciudad de las Luces» por ser un centro de intelectualidad y aprendizaje. Nadie sospechaba que 100 años después la fama de ciudad luminosa permanecería, pero por la deslumbrante llegada de la electricidad. La instalación de farolas eléctricas en la avenida de la Ópera fue recibida con gran emoción. La Exposición Internacional de 1881 fue recibida con la iluminación eléctrica de los grandes bulevares repletos de carteles de luz de neón. 

Edgar Degas, Henri de Toulouse-Lautrec, Pierre Bonnard, Mary Cassatt y Édouard Vuillard, entre otros, recogieron en sus obras el asombroso avance.

Litografía creada por Gustave Barry y Philippe Jacques Linder entre 1860 y 1870

El amplio sistema de cañerías y cubos de basura frente a cada edificio, mejoraría notablemente la higiene de París. Aunque todos estos avances llegaron antes a los sectores privilegiados y poco a poco se extendieron al resto, aumentó la esperanza de vida de los parisinos, hasta entonces por debajo de la del resto de Francia. Durante la Belle Époque, París pasó de tener 1,8 millones de habitantes a 2,8. Este espectacular crecimiento se debió también a que la ciudad cada vez era más atractiva para los inmigrantes, que acudían a raudales desde todos los rincones de Francia.  

París, 1900 

La producción industrial de Francia se triplicó durante esta época gracias al desarrollo de la Revolución industrial. Las industrias de hierro, química y electricidad crecieron, proporcionando materias primas que fueron utilizadas, en parte, por las nuevas industrias automotrices y de aviación.

El uso del telégrafo y el teléfono aumentó las comunicaciones en todo el país, mientras que las vías de los ferrocarriles se expandieron enormemente.

Antes de convertirse en el famoso museo nacional que hoy conocemos, la Estación de Orsay era una estación de tren que recibía a los visitantes procedentes de ciudades de Francia, pero también de delegaciones extranjerasde la Exposición Universal de 1900. Se construyó sobre las ruinas del antiguo Palacio de Orsay (destruido en la Comuna de París en 1871). Los arquitectos Victor LalouxLucien Magne y Émile Bénard decidieron construir un hermoso hotel dentro de la estación, utilizando su elegante fachada de piedra finamente tallada para ocultar al máximo la estructura metálica exterior de la estación, adaptando así perfectamente su arquitectura a la de los monumentos vecinos. 

En los siglos anteriores, las clases humildes vivían lo más cerca posible de su lugar de trabajo, adonde acudían a pie. A lo largo del siglo XIX, la puesta en marcha de una red de omnibuses y tranvías tirados por caballos les había permitido instalarse en lugares más alejados. El crecimiento de la ciudad en tamaño y habitantes dejó clara la necesidad de mejorar la cantidad y calidad del transporte público ya existente y los avances tecnológicos vinieron a satisfacer esta necesidad, aplicándose la electricidad que iluminaba las calles a los medios de transporte, inaugurándose el primer tranvía eléctrico en 1898. En 1900 se inauguró el metro de París, eléctrico y mayoritariamente subterráneo, lo que revolucionó el transporte público. En 1914 ya transportaba 500 millones de pasajeros al año.

Los taxis empezaron a recorrer París en 1905; de los 417 vehículos que había en 1906 se pasó a 7.000 en 1914. Las clases trabajadoras se tuvieron que conformar con los omnibuses motorizados, que se inauguraron en 1906. En 1913 el servicio de limpieza municipal empezó a usar camiones.

Parte de los parisinos recibió estos nuevos medios de transporte con emoción, ya que eran rápidos y evitaban las molestas y olorosas acumulaciones de heces de los caballos. Otra parte, sin embargo, estaba preocupada por los efectos que podían causar en el ser humano lo que ellos consideraba «las altas velocidades de los vehículos», y se mostraba aterrorizada por los accidentes y atropellos que causaban. 

Metro en 1900, Madame Decourelle (primera mujer taxista) en 1907 y Onmibus motorizado en 1912

La movilidad personal también se incrementó gracias a la bicicleta, cuyo número aumentó de 375.000 en 1898 a 3,5 millones en 1914. Algunos de los numerosos anuncios publicitarios: 


La agricultura fue ayudada por nuevas máquinas y fertilizantes artificiales. La calidad y la cantidad de alimentos mejoraron, con el consumo de pan y vino favoritos hasta un 50% en 1914, la cerveza creció un 100% y los licores se triplicaron, mientras que el consumo de azúcar y café se cuadruplicó. La esperanza de vida infantil aumentó.  

Gracias a la ley de 1882, que hizo obligatoria la enseñanza primaria, el analfabetismo se había reducido enormemente; en París la tasa máxima era de menos de un 20 por ciento en los barrios más bajos. La gran mayoría de parisinos sabía leer, un requisito indispensable para el espectacular desarrollo de la prensa en esta etapa. Para vender lo máximo posible, los periódicos llenaban sus páginas de sucesos que los parisinos leían con fruición, pero el protagonismo de las noticias morbosas llevó a los lectores a pensar que París era una ciudad cada vez más violenta y peligrosa, una sensación a la que también contribuyó el hecho de que la policía era más efectiva resolviendo crímenes: en 1902 había adoptado la técnica de las huellas dactilares.  

Portada de «Le Petit Jounal» en Octubre de 1907


La prensa también alimentaba la sensación de que la sociedad francesa estaba degenerando. Los relatos de crímenes y escándalos convencieron a muchos de que las nuevas actitudes sociales y la tecnología estaban destruyendo la sociedad tradicional. El anonimato de la gran ciudad, la pérdida de poder de los referentes tradicionales, como el cura de la parroquia, y la extensión de la educación hicieron que las nuevas generaciones se sintieran más libres. Así, en París tomaron fuerza nuevas corrientes como el feminismo. Durante la Belle Époque, algunas mujeres gozaron de una libertad e independencia desconocidas hasta ese momento, aunque las resistencias al cambio también eran muy fuertes. La conocida actriz y escritora Sidonie Gabrielle Collette escandalizaba a las mentes "bienpensantes" vistiendo como un varón y fumando; las mujeres que se atrevían a romper las costumbres y el decoro en el espacio público eran a menudo víctimas de insultos y acoso. 

Las mujeres participaron por primera vez en los Juegos Olímpicos de París de 1900. Se celebraron competiciones femeninas de golf y tenis y algunas mujeres participaron en pruebas mixtas de vela, croquet e hípica.  

A la izquierda Collette vestida de hombre y fumando y en el centro una mujer vestida con pantalones para andar en bicicleta.

El avance del deporte femenino también provocó la reacción de algunas personalidades. Pierre de Coubertin escribió en 1928: «En cuanto a la participación de las mujeres en los Juegos, me sigo oponiendo. Es contra mi voluntad que han sido admitidas en un número cada vez mayor de pruebas olímpicas.»​ El poeta Sully Prudhomme escribió: «aborrezco todo lo que tiende a sustituir la fuerza por la gracia, la energía por la dulzura, hace frente a la espontaneidad en la niña y, en general, a todo lo que la mujer toma prestado a los hombres de cualidades viriles, las desnaturaliza y daña su encanto» y el escritor Émile Zola dijo estar «muy a favor de todos los ejercicios físicos que puedan contribuir al desarrollo de la mujer, siempre y cuando no abusen de ellos». 


También se hicieron más visibles conductas que no encajaban en la norma, como la homosexualidad. Las amplias zonas verdes de la ciudad y los numerosos locales nocturnos se convirtieron en lugares de cortejo. Poco podían hacer las autoridades para reprimir lo que gran parte de la sociedad consideraba una aberración. En 1907, las actrices Colette y Mathilde de Morny escandalizaron de tal modo a los espectadores del Moulin Rouge al protagonizar una escena lésbica, que la policía tuvo que intervenir para calmar la situación. La obra, «Sueños de Egipto», fue prohibida, y las mujeres, que eran amantes, se vieron forzadas a dejar de vivir juntas.  


Todo el desarrollo experimentado fue la base de una revolución en la cultura material, gracias a la capacidad de producir bienes en masa y al aumento de los salarios (50% para algunos trabajadores urbanos), lo que permitió el auge del consumo.

Entre las principales atracciones de París empezaron a destacar los centros comerciales, que brillaban con luz propia. Los turistas, normalmente pertenecientes a las clases privilegiadas, no podían dejar de visitar lugares como las Galerías Lafayette, Galerie Le Bon Marché y Galerie Vivienne. (Abajo en ese mismo orden)

En 1895, Georges Dufayel inauguró en uno de los barrios bajos de París las Galerías Dufayel, que enfocadas a un público obrero, su lema era «vender barato para vender más». Utilizando técnicas como la venta a plazos e invirtiendo en publicidad comercial que animara a los trabajadores a consumir, estas galerías se convirtieron en uno de los negocios más exitosos de la ciudad. Comprar allí constituía toda una forma de ocio; se podía pasar el rato en sus amplios espacios, acudir a conciertos, ver películas en su cine e incluso hacerse radiografías,tecnología considerada fascinante en la época. Y, por supuesto, comprar toda una serie de artículos que imitaban el lujo que antes era exclusivo de la burguesía.


Anuncio de corsés y ropa interior femenina del centro comercial Le Bon Marché, hacia 1900.

Galerias Dufayel en 1900


París se había convertido en una ciudad que nunca dormía; tras la jornada laboral llegaba el tiempo de ocio, que se alargaba durante toda la noche. La mejora de los salariosy la estabilización de los horarios permitieron a los trabajadores disponer de más dinero y de tiempo para gastarlo, y los empresarios acudieron raudos a satisfacer esta demanda. Las nuevas formas de ocio también estaban protagonizadas por los avances tecnológicos. 

Con la aparición del cine, los hermanos Lumière aprovecharon la expectación que se originó y empezaron a cobrar entrada en las proyecciones de sus películas en el Grand Café en 1895. Pero la gente se acostumbró a las imágenes en movimiento y les resultaba aburrido ver una y otra vez las mismas grabaciones breves y simples. El cambio vino de la mano de cineastas como Georges Méliès, quien empezó a usar la nueva tecnología para contar historias, naciendo el cine tal y como lo conocemos. 

La oportunidad de negocio estaba clara para personas como Léon Gaumont, que inauguró en 1911 un enorme cine de 3.400 butacas a precios asequibles que convirtió el séptimo arte en un espectáculo al alcance de todos los bolsillos.  

La fachada del cine Gaumond Palace en 1912 durante el estreno de la película «Quo Vadis». El edificio fue proyectado como un hipódromo para la exposición Universal de 1900

A la derecha Georges Méliès en su estudio de grabación y, sobre él, un fotograma de su obra «Viaje a la luna», realizada en 1902


La Belle Époque fue la edad dorada del cabaret, con la apertura de Le Chat Noir en 1881 y el Moulin Rouge en 1889. Louise Weber, apodada La Goulue y Jeanne Avril, bailarinas de cancán de estos famosos locales, alcanzaron gran fama tanto dentro como fuera de París. Locales de música y tabernas estaban llenos de clientes noche tras noche. 

A la izquierda La Goulue y a la derecha Jeanne Avril. En el centro dos de los carteles de Henri de Toulouse-Lautrec en los que aparecen

La multiplicación de espectáculos en París trajo asociada la proliferación de un nuevo elemento del mobiliario urbano, la columna de Morris, donde se pegaban los anuncios de las funciones de los teatros y cabarets de la ciudad, desarrollándose también el arte de la cartelería.  

De izquierda a derecha: Óleo de Jran Beaud donde aparece una columna de Morris, Cartel para el Chat Noir de Théophile Alexandre Steinlen, Cartel de Jacques Villon para un American bar de moda en París en 1889 y Cartel de Henri de Touluse-Lautrec para Divan Japonais.

Ilustración de Pierre Marie Louis Vidal para la cubierta de «La vie à Montmartre», 1897


La Belle Époque fue testigo del boom de las actrices famosas, cuya imagen contribuyeron a difundir los nacientes medios de comunicación. Nombres como Sarah Bernhardt, Loïe Fuller, la Bella Otero, Lina Cavalieri o la condesa Anne de Noailles se hicieron un hueco en el panorama artístico e intelectual de la época. Los nuevos medios de transporte permitieron también a estas mujeres actuar en los escenarios de Europa y América, convirtiéndolas en las primeras estrellas globales. Todas ellas destacaban por su belleza, pero también por su personalidad y su estilo de vida, salpicado de notorios romances con hombres poderosos (casados en muchos casos), que provocaron no pocos escándalos, ya que se alejaban de los cánones femeninos tradicionales. Fueron sobre todo bailarinas, actrices y cantantes, pero también se dedicaron a la literatura o a las actividades empresariales, haciéndose un lugar en un mundo dominado por hombres sin necesidad de estar subordinadas a ellos.   

La soprano y actriz Lina Cavalieri fue considerada «la mujer más bella del mundo» y fue una de las estrellas más retratadas de principios de siglo XX. Llegó muy joven a París procedente de Italia y pronto se dio a conocer gracias a sus actuaciones en diversos locales de la ciudad. Obtuvo un gran éxito como soprano desde su debut, en 1904, en la Ópera de Montecarlo, que la llevó por los principales teatros de Europa y Estados Unidos. Murió en 1944 junto a su cuarto marido durante un bombardeo aliado que alcanzó su casa en Florencia. 

La condesa Anne de Noailles, aristócrata francesa de origen rumano, tuvo un destacado papel en la vida literaria del París de fin de siglo. Noailles logró un gran éxito con sus poemas cargados de insinuaciones eróticas y numerosos artistas de la época la retrataron, como el que realizó Ignacio Zuloaga en 1913 actualmente, expuesto en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. A la izquierda un retrato de 1922 y a la derecha una fotografía de grupo tomada durante una comida que se celebró en honor a Albert Einstein, alrededor del año 1923. En ese momento, Noailles contaba con 47 años. También se interesó por la política, comprometida y aelantada a su tiempo. Cuando murió en 1937, había recibido los máximos honores públicos de Francia. 


Para las personas que preferían un ocio más culturales estaban los museos, como el de cera, inaugurado en 1882, que era uno de los favoritos de los parisinos.  

Leconte - París y sus monumentos, 1920

Otra gran parte de la población prefería disfrutar de su tiempo libre en los parques de la ciudad o haciendo excursiones al campo. Pero si muchos parisinos aprovechaban su tiempo libre para escapar de la ciudad, cada vez más extranjeros acudían a visitarla. La Exposición Universal celebrada en París en 1900 causó gran expectación. Estos grandes acontecimientos servían de escaparate a una ciudad que en 1889 ya había asombrado al mundo con el evento en el que se presentó en sociedad a la Torre Eiffel. Las exposiciones internacionales convirtieron en la principal atracción turística de París: si a la de 1889, en la que se inauguró la Torre Eiffel, acudieron 23 millones de personas, la de 1900 atrajo a 48 millones.  

Exposición Universal de París en 1900. Cartel. Guía de Alphonse Mucha. La exposición tenía una superficie de 120 hectáreas, fue visitada por 50 860 801 personas, participaron 58 países y tuvo un coste total de 18,746.186 dólares.  Más


Como hemos visto anteriormente, los Juegos Olímpicos de París 1900 fueron organizados durante la Exposición también. Más 


Para responder a tal demanda surgieron hoteles como el Ritz, y las principales estaciones de tren se ampliaron, como hemos visto al principio con la de Orsay. Además, el Petit Palais, el Grand Palais y el puente Alejandro III también fueron construidos para la ocasión. París aumentaba su fama como destino turístico.  

Apertura del Hotel Ritz en París en 1898


Se percibía que la vida estaba cambiando muy, muy rápido, y las clases altas y medias pudieron permitirse y beneficiarse de estos cambios. Las mejoras en el transporte significaron que las personas ahora podían viajar más lejos durante las vacaciones, y el deporte se convirtió en una preocupación creciente, tanto para jugar como para mirar.  

Hipódromo de San Sebastián

Playa de Biarrtiz con el Casino Municipal inaugurado en 1901 al fondo 


A pesar del crecimiento masivo en las posesiones privadas y el consumo, y de que algunas de las clases más bajas se beneficiaron de un goteo de artículos y estilos de vida que anteriormente eran de alto estatus (como el agua corriente, el gas, la electricidad y las tuberías sanitarias), mucha de la población urbana se encontró en hogares estrechos, relativamente mal pagados, con condiciones de trabajo terribles y mala salud. Por ello surgieron grupos reaccionarios que comenzaron a retratar la era como decadente, incluso degenerada, y las tensiones raciales aumentaron a medida que una nueva forma de antisemitismo moderno evolucionó y se extendió en Francia. La política se volvió más frenética y polarizada, con los extremos de la izquierda y la derecha ganando apoyos.

La paz también fue en gran parte un mito, ya que la ira por la pérdida de Alsacia-Lorena en la guerra franco-prusiana, combinada con un creciente y xenófobo miedo a la nueva Alemania, provocaron la denominada Primera Guerra Mundial en 1914, que duró hasta 1918 matando a millones de personas y dando por finalizada esta era.


Bibliografía:

«Breve historia de la Belle Époque» A. Campos Posada. Nowtilus, Madrid, 2017.

«Desde París. Crónicas y ensayos» J. M. Eça de Queirós. Acantilado, Barcelona, 2010.

«Las diosas de la Belle Époque y de los 'años locos'» Carmen Verlichak. Editorial Atlántida, Buenos Aires, 1996.